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viernes, diciembre 02, 2005

 

Dos maravillosas historias de tiempos pasados

No tienen link, pero son comprobables en Internet
El milagro de Empel:
8 de Diciembre de 1585: El Milagro de Empel

"¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos."

El 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía por España y la Fe católica en Holanda. La isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, era el reducto defendido por el Tercio Viejo, bloqueado por completo por la escuadra del Almirante Holak. Cinco mil hombres guarnecían la isla, "cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos ", como dijera de ellos un almirante francés.

El bloqueo se estrecha cada día más; ya no quedan víveres, ni pertrechos de guerra, ni ropas secas. Sólo frío y agua y barro y desesperanza. Alejandro Farnesio, el gobernador de los Países Bajos, envía unos refuerzos que nunca llegan. Los maestres Carlos Mansfeld y Juan del Águila tratan, en vano, de socorrer a los sitiados; no hay esperanzas de auxilio.

El jefe enemigo propone entonces una rendición honrosa. La respuesta de Bobadilla es inmediata: "Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos". Ante tal respuesta, Holak recurre a un método infalible para acabar con la resistencia española.

Como las aguas del Mosa discurrían por un canal más alto que el terreno ocupado por los soldados, abre una enorme brecha en el dique y las aguas se precipitan sobre el campamento del Tercio, que pronto se ve rodeado de ellas por todas partes. No queda más tierra firme que el montecillo (apenas cincuenta metros) de Empel, donde, abandonando impedimenta y pertrechos, han de refugiarse los soldados, so pena de perecer ahogados.

En esta situación, un soldado del Tercio cavaba una trinchera "más para tumba que para guarecerse", cuando tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca en la que estaba pintada, en vivos colores, la Inmaculada Concepción.

Comenzó el soldado a gritar y acudieron sus compañeros que, colocando el cuadro sobre la bandera española, a modo de improvisado altar, cayeron todos de rodillas entonando la Salve. El Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal cierta de la protección divina, arengó así a sus soldados. "¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que abordemos esta noche las galeras enemigas?" "¡Si queremos!", fue la respuesta unánime de aquellos españoles.

Un viento huracanado e intensamente frío se desató aquella tarde helando las aguas del Mosa. Los españoles, marchando sobre el hielo en plena noche, atacan por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y alcanzan una victoria tan completa que hace decir al almirante Holak: "Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro".

Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia, la flor y nata del ejército español.



Y la de un jesuita, que era un orgullo, no como la orden actual, la somnbra de lo que fue, el Padre Robert Abercombry:

Misionero Jesuita en Escocia en el tiempo de las persecuciones. Nació en 1532; murió en Braunsberg, Prusia el 27 de abril de 1613. Se volvió famoso por el hecho de que convirtió a la reina de Jaime I de Inglaterra, cuando el monarca era todavía Jaime IV de Escocia. La Reina era Ana de Dinamarca, y su padre, un ardiente Luterano, había estipulado que ella debería tener el derecho de practicar su propia religión en Escocia, y para ese propósito fue enviada con su capellán, llamado John Lering, quien sin embargo, poco después de su llegada se volvió Calvinista. La Reina, quien detestaba el Calvinismo, le pidió concejo a algunos Nobles Católicos, y le sugirieron que llamara al Padre Abercromby, quien junto con otros Jesuitas, estaba trabajando secretamente entre los Escoceses Católicos y ganando que muchos ilustres se unieran a la Iglesia. A pesar de que había crecido como una Luterana, la Reina Ana había vivido en su infancia con una nieta del Emperador Carlos V, y no solamente sabía acerca de la Fe, sino que había estado en Misa varias veces con su amiga. Abercromby fue introducido en el palacio, instruyó a la Reina en la religión Católica. Esto fue alrededor del año 1600. Existe cierta controversia con la fecha. Andrew Lang, quien meramente cita a Mac Quhirrie hasta el hecho de la conversión, sin mencionar a Abercromby, lo pone como ocurrido en 1598.

Esto finalmente llegó a oídos del Rey, quien en vez de ponerse furioso, le advirtió que lo mantuviera en secreto, ya que su conversión podía poner en peligro su reinado. El Rey llegó al punto de nombrar a Abercromy como Superintendente de la Cetrería Real, en orden de que pudiera permanecer cerca de la Reina. En el tiempo en que James accedió a la corona de Inglaterra, el padre Abercromby permaneció en al Corte Escocesa, celebrando Misas en secreto, y dando la sagrada Comunión nueve o diez veces a sus neófitos. Cuando el Rey y la Reina fueron coronados como soberanos de Gran Bretaña, Ana dio muestra de su sinceridad rechazando absolutamente el sacramento Protestante, declarando que ella prefería perder su reinado que tomar parte en lo que consideraba un sacrilegio. Sobre esto, Lang, en su “Historia de Escocia”, no dice nada. Ella hizo numerosos intentos infructuosos para lograra la conversión del Rey. Abercromby permaneció en Escocia por algún tiempo, pero como pusieron el precio de 10,000 coronas por su cabeza, fue a Inglaterra solo para encontrar que las amables disposiciones del Rey hacia él habían arrostrado un cambio. La afirmación del descubrimiento de un Complot con la Pólvora (q.v.) en 1605, y los atentados hechos para implicar a los Jesuitas en la conspiración habían agitado los sentimientos de la mente del Rey, haciéndolo un poco más hostil hacia la Sociedad. Ordenó una estricta búsqueda de Abercromby, quien consecuentemente dejó la ciudad y se refugió en Braunsberg, en el este de Prusia, donde murió a sus ochenta y un años.

Queria agradecer a los del Foro Santo Tomás Moro estas maravillosas historias de esa España cristiana y católica, que aunque no existe ahora, pero en un futuro, puede existir.
historia 2
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